El Tiempo y el Espacio morirán mañana. Vivimos ya en lo absoluto porque ya hemos creamos la eterna velocidad omnipresente.
Filippo Marinetti

Hace 100 años, el 20 de febrero de 1909 aparecía en la portada de Le Figaro (cómo ha cambiado el criterio para seleccionar noticias) el “Manifiesto Futurista“, la proclama fundacional de una nueva vanguardia artística, que glorificaba la velocidad y la máquina (y la violencia y la misogínia) y hacía una crítica de los valores artísticos de la época, sobre todo en Italia.
Movimiento menor y efímero, redujo mucho sus filas cuando parte de sus entusiastas y alboratores miembros se alistó en la Primera Guerra Mundial de acuerdo con los principios del Manifiesto (“Queremos glorificar la guerra – única higiene del mundo- …”). Más tarde, alguna de sus figuras más representativas acabó enrolada en el régimen de Benito Mussolini.
Aunque el futurismo fue un movimiento breve, fugaz y en gran medida local, su legado, sobre todo estético, fue bastante más lejos, y tuvo herederos tan remotos como los propagandistas de la Revolución Rusa.
Sin embargo yo me quedo con esas imágenes de coches y aviones, hélices y mecanismos, y esos diseños de arquitectura anticipando las urbes construidas bajo el modelo de Nueva York. Y claro, la “aeropintura“, la “velocitá“. Otro legado, más subterráneo, es la vigencia de ese culto a la tecnología, la juventud, la máquina, la velocidad y su influencia sobre el cine, el manga, la ciencia ficción y movimientos que pronto se dejarán caer por aquí como el transhumanismo.



