Quería empezar a revisar una serie de predicciones de futuro, pero creo que antes merece la pena explorar el porqué de ese esfuerzo por imaginar un tiempo que puede que ni siquiera lleguemos a conocer.
Siempre se ha acudido a adivinos, sibilas y nigromantes con la intención de manipular el futuro. Si resulta favorable, para mantener el hilo de desarrollo, si se anuncia adverso, para cambiarlo. En nuestros días, y a pesar de lo desprestigiado de la profesión (aunque hay más magos que científicos en televisión), el público sigue acudiendo, ignoro si con mucha fe, con las mismas intenciones.
Si miramos hacia el otro lado de la predicción, el de los pronósticos con algún fundamento técnico o científico, el porqué de hacerlas y seguirlas es también muy similar: si la predicción es favorable, hacer lo posible para llegar a ese escenario, si no lo es, tratar de evitarlo.
Esa palabra, “escenario” es muy importante en la justificación que se hace del informe ”The DCDC Global Strategic Trends Programme 2007 – 2036“ [PDF]. Se trata de un documento que elabora el Ministerio de Defensa Británico, y que hace público en su web. Aunque el contenido está bastante sesgado hacia las actividades del Ministerio, da una visión muy general de muchos aspectos del mundo futuro de dentro de treinta años, tocando varias materias y aventurando varias tendencias generales.
La justificación que se da en ese informe me gusta especialmente: se trata de ensayar esos futuros, de preparar las reacciones cuando lleguen, si es que lo hacen. Es un punto de vista muy propio del oficio militar y en general de quienes tienen que lidiar con situaciones de emergencia: analizar escenarios de riesgo y preparar planes de contingencia para ellos. En este caso se hace algo similar: identificar las principales tendencias y movimientos, y diseñar los escenarios que resultarían de su aparición.

Tal y como dice al hablar del propósito del documento, no se trata de hacer predicciones, ya que el futuro es por naturaleza impredecible, pero sí es una forma de “ensayar” o prepararse para las posibilidades identificadas, estando mejor preparados para darles respuesta si finalmente llegan a producirse.
En este caso no estamos ante análisis y modelos de ciertos fenómenos como el clima, o la demografía, si no de una identificación de corrientes, y su extrapolación hacia el futuro. Eso supone lidiar con el riesgo de limitarse a contar lo que está sucediendo en la actualidad. El futuro se compone de muchas variables, incluso desconocidas, que interactúan de formas inimaginables entre sí, y que tienen magnitudes y naturalezas bien distintas: desde decisiones personales, a la deriva de los continentes. Hay que lidiar además con las imposiciones de determinados futuros desde corrientes políticas o sociales.
Es por ello, que este tipo de predicciones se ajusta con una probabilidad: desde escenarios posibles a poco probables, lo que es una ayuda para quien va a hacer el ejercicio posterior de calibrar el impacto y las acciones necesarias para afrontar un escenario determinado. Hay que considerar además las discontinuidades: si se analizan las principales corrientes y tendencias el futuro parece deslizarse sobre un fluido homogéneo, y sabemos de sobra que no es así, que hay “cisnes negros” que irrumpen en cualquier momento rompiendo o desviando dramáticamente el curso de los acontecimientos. Estas discontinuidades deben ser también consideradas e introducidas en los escenarios que se elaboren.
Hay por último una distorsión que introduce nuestro presente: la tendencia a infravalorar los acontecimientos futuros y a sobreestimar los de la actualidad. El presente actúa como una lente y deforma nuestra visión con su cercanía que nos envuelve.
Pronto revisaremos esos escenarios de futuro, y otros trabajos similares.

